Microrrelato: La piel encontrada

Abro una sección con muestras de literatura propia. En este caso, un microrrelato:

La piel encontrada

Al abrir su armario, un miércoles cualquiera, notó que entre los pantalones y las camisas se asomaba un abrigo nuevo. Bueno, no exactamente nuevo: irreconocible. Lo examinó con cuidado. Definitivamente no era suyo. Le quedaba algo grande. Desprendía un olor ajeno. Mostraba los puños deshilados. Y un parche en el codo derecho. Pero no estaba tan mal. Después de todo, estaba ahí, para él, a su alcance y posesión, solo que había aparecido de un día para el otro, sin que nadie lo pidiera. Y aún conservaba un calorcito confortable, como cuando alguien calienta un sitio donde te vas a acostar. Fue fácil tomar la decisión de conservarlo. Por qué no.

Antes de salir a la calle con su reciente abrigo, descubrió en su bolsillo una hoja con un número escrito, que no reconocía. Telefoneó. Sin más. Al rato, se hallaba encontrándose con una mujer, casi de su misma edad. No se trataba, pensó, de una preciosura, ciertamente, pero tenía buenos modales, y al parecer sabía atender un hogar. Fue fácil tomar la decisión de conservarla. La llamó esposa. Sencillamente. Por qué no.

Con la mujer venía un niño, de unos ocho años. No era un chico inteligente, pero comía con la boca cerrada, y jugaba en silencio. Eso le bastaba. Fue fácil tomar la decisión de conservarlo. Le llamó hijo.

Además, con aquella familia había una casa, no tan espaciosa, aunque sí acogedora. Eso le alcanzaba. De inmediato se quedó a dormir. Y con la casa nueva, nuevos vecinos, si bien pocos cultos, algo corteses. Los llamó amigos, sin problemas. Y con nuevos amigos se le ofrecía nuevo trabajo, cuyo sueldo no rendía para mucho, es verdad, pero podía faltar los sábados, así que eligió establecerse. Y con establecerse se vinieron los años, monótonos, mas constantes y duraderos, y llamó a eso vida. Y con la vida llegaron los problemas, las enfermedades, una de ellas, incurable, sin embargo quién no se enferma, se convenció, y llamó a eso destino. Y con el destino arribó la muerte, un asunto, por lo demás, de todos, afirmó, y llamó a eso felicidad. Y la felicidad le trajo una flaca tumba, más que suficiente para él, aseguró, y llamó a eso aprendizaje y modestia. Y con la modestia, un modesto epitafio, que no decía precisamente su nombre, pero que al menos se le parecía.

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