POESÍA ECOLÓGICA

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Una realidad que a veces se llega a obviar, o incluso a olvidar, es que el nacimiento de la poesía sería inconcebible sin el noble sentimiento que une al hombre con la naturaleza. Puede que la naturaleza sea el tema germinal de toda la poesía que conocemos; sin duda es un tema perpetuo. Ahora que la tierra vive tiempos oscuros más oscura se ha tornado la poesía. Cada vez son menos los poetas que se regocijan en la contemplación sin pretensiones, acaso no porque no quieran sino porque cada vez les es menos posible: a menos naturaleza, menos lírica, o una lírica distinta.

Ante crueles realidades, los poetas, seres naturales en esencia, lanzan un grito. No deberían ignorarse esos reclamos particulares, vitales en el itinerario ecologista y la lucha por la preservación de la naturaleza y de todo aquello que nos hace humanos.

Presento una muestra de lo que he llamado “poesía ecológica”, aunque sin la intensión de querer etiquetar la singularidad de cada uno de los poemas aquí enlistados.

“Escucha al árbol”, Gao Hongbo (China)

Un poema que aboga por el regreso a una esencialidad casi perdida. Me recordó un verso de Octavio Paz: “las verdes enseñanzas del henequén”. La versión es de Omar Pérez:

Pégate al gran árbol
Pégate al pecho del hijo del bosque
Escucha al monstruo con ramas y hojas que tiemblan
Y fíjate si está bramando, bramando
Escucho el agua del manantial correr por el tronco del árbol
Escucho la luz solar penetrando las hojas
Escucho al gorjeo del pájaro
Que cae desde las ramas
Escucho fluir al viento
Las nubes precipitándose
Y el eco de los chapoteos
Hay miríadas de sonidos que resuenan
Sin embargo los labios del gran árbol no se mueven
Como el maestro que puede hablar con el estómago
Se alza y reúne
Todos los sonidos del mundo

“Entre el río”, Ramón Palomares (Venezuela)

De esos poemas que desgarran e inundan, a lo menos, de una vergüenza desgarradora ante un horror del que todos somos cómplices:

Voy a entrar en un río
me quito la ropa y entro y le abro la puerta
y miro adentro de su casa
y voy a estar sentado en las sillas negras
y en los espejos;
cuando hable escucho qué dice y qué quiere
y cómo manda a todos y dice que se va a remolinear
y veré cuándo sus patas empiecen a despedazar la ladera.

Tomaré agua de su corazón y me beberé su cuello
y haré gárgaras y escupiré adentro
y en los ojos le pondré piedras y le quitaré los diamantes
y los pedazos de oro
y de ojos le pondré unos gatos
y veré qué vestidos se pone y cómo hace para correr
y si está durmiendo le escarbará a ver qué sueña.

Yo vi qué come el río y vi su mesa
y tenía platos como guayabas podridas y ganado muerto y casas
y todas las siembras que se llevó
y un hilo verde, muy verde, como un ángel.
Me estuve sentado viendo un gran campo que estaba debajo.
Y allí cantan todos y se ponían morados
hasta que se oyó una voz durísimo
y salieron iglesias y calles de las nubes
y todos corrieron
y comenzó el río a decir que se iba a morir.

“El elefante africano”, Timothy Wangusa (Uganda)

Otro de esos poemas que duelen. No hay mucho que explicar: el poeta es terroríficamente explícito. La versión es de Rafael Patiño Góez.

Escuchen el toque de anuncio
Del elefante africano, ¡tetrarca de la jungla!
Observen cuán lento, majestuoso avanza a las patas
De las matriarcas, sus crías y su macho
Mientras enfilan hacia el abrevadero.

Observen qué ternura de la madre por su infante,
Montando guardia para dejarlo beber hasta saciarse,
Revolcándose juntos en el protector y glorioso cieno,
Señalando luego la vía de vuelta
A la rutina cotidiana
De reducir la selva tropical a sabana.

Observen la plegable trompa multipropósito:
Su herramienta de cavar y cuchillo cosechero,
Su conducto de agua y arma de batalla,
Su órgano para oler y para agarrar el mundo.

Ponderen entonces la paradójica maldición
De sus colmillos gemelos:
Desde tiempo inmemorial
La sustancia de ornamentos inmortales;
Aun desde la aurora del saqueo imperial
De África para exportar almas humanas -

Marfil -

La maldición del elefante africano -

Para proveer culturas exóticas
De teclas de piano y de bolas de billar.

“Australia”, Judith Wright (Australia)

En este poema la belleza comparte espacio con las palabras crudas, directas, lacerantes. No podía ser menos ante el reclamo de la poeta. La versión es de Jorge Salavert Pinedo.

Mueres, oh tierra salvaje, como el águila,
peligrosa hasta el último suspiro,
que atacando, clava sus garras. Mueres
maldiciendo a tu captor con mirada enfurecida.

Mueres como la víbora
que silba un odio tan puro de su dolor
que llena los sueños del asesino
de miedo como la mancha invasora del suicida.

Sufres, tierra salvaje, como la acacia excelsa
que agrieta la cortante pala excavadora.
Veo tu suelo lleno de vida decaer con los árboles
hasta una desnudez de pobreza.

Mueres como la hormiga soldado
indiferente mas fiel a tu millón de años.
Aunque te corrompamos con ideas torturantes,
sé obstinada: tú sigue siendo ciega.

Somos vencedores, y envenenadores,
más que el escorpión y la serpiente,
mas del veneno que fabricamos, morimos,
mientras tú, tierra, mueres a nuestras manos.

Alabo pues a la sequía que tantas muescas deja, a tu polvareda,
al arroyo moribundo, al animal furioso,
porque todavía nos desafían.
Nos arruina la cosa misma que matamos.

“Puedes”, Nicolás Guillén (Cuba)

Finalmente, del maestro cubano, esta cachetada lírica. Hay un verso que lo dice todo: “¿Puedes comprarme un dólar de cielo?»

¿Puedes venderme el aire que pasa entre tus dedos
y te golpea la cara y te despeina?
¿Tal vez podrías venderme cinco pesos de viento,
o más, quizás venderme una tormenta?
¿Acaso el aire fino
me venderías, el aire
(no todo) que recorre
en tu jardín corolas y corolas,
en tu jardín para los pájaros,
diez pesos de aire fino?
 
                         El aire gira y pasa
                         en una mariposa.
                         Nadie lo tiene, nadie.
 
¿Puedes venderme cielo,
el cielo azul a veces,
o gris también a veces,
una parcela de tu cielo,
el que compraste, piensas tú, con los árboles
de tu huerto, como quien compra el techo con la casa?
¿Puedes venderme un dólar
de cielo, dos kilómetros
de cielo, un trozo, el que tú puedas,
de tu cielo?
 
                           El cielo está en las nubes.
                           Altas las nubes pasan.
                           Nadie las tiene, nadie.
 
¿Puedes venderme lluvia, el agua
que te ha dado tus lágrimas y te moja la lengua?
¿Puedes venderme un dólar de agua
de manantial, una nube preñada,
crespa y suave como una cordera,
o bien agua llovida en la montaña,
o el agua de los charcos
abandonados a los perros,
o una legua de mar, tal vez un lago,
cien dólares de lago?
 
                              El agua cae, rueda.
                              El agua rueda, pasa.
                              Nadie la tiene, nadie.
 
¿Puedes venderme tierra, la profunda
noche de las raíces; dientes
de dinosaurios y la cal
dispersa de lejanos esqueletos?
¿Puedes venderme selvas ya sepultadas, aves muertas,
peces de piedra, azufre
de los volcanes, mil millones de años
en espiral subiendo? ¿Puedes
venderme tierra, puedes
venderme tierra, puedes?
 
                                La tierra tuya es mía.
                                Todos los pies la pisan.
                                Nadie la tiene, nadie.

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