EPITAFIOS FAMOSOS

“Volveré y seré millones”

Los epitafios más famosos usualmente están ligados a personas que en vida tuvieron fama y celebridad. La palabra “epitafio” proviene de los términos griegos ἐπί “encima” y τάφος “tumba”, haciendo referencia a la escritura que se plasma sobre la lápida de un difunto. La formalidad, belleza y/o ingenio de algunos de ellos hacen del epitafio un verdadero género literario. La atención que evidenciaron las personas que figuran en este artículo demuestra que no debería ser una tarea menor pensar cuáles serán las palabras que dejarás después de muerto, las que podrían sintetizar toda una vida de experiencias y preocupaciones.

Estos epitafios son famosos, pero al mismo tiempo, son muestras de lirismo, gracia, ingenio, filosofía, molestia o hasta desprecio. Los he tomado del libro de Eulalio Ferrer El lenguaje de la inmortalidad. Pompas fúnebres, cuya lectura recomiendo enormemente.

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Una vez leído este post, te invitaría a pensar: y tú, ¿ya sabes cuál será tu epitafio?

Epitafios de poetas y escritores:

Empezamos el recuento con una serie de epitafios famosos elaborados por los maestros de las palabras. Era de esperarse que entre éstos se encuentren verdaderas joyas verbales hacia la muerte.

John Keats, poeta romántico inglés muerto en 1821 dejó escrito sobre su tumba:

Aquí yace uno cuyo nombre se escribió en el agua.

El célebre Miguel de Cervantes no se contentaría con una frase. Su epitafio no podía ser menos que un lindo poema:

Yace aquí el hidalgo fuerte,

que a tanto extremo llegó

de valiente, que se advierte

que la Muerte no triunfó

de su vida con la muerte.

El hermoso epitafio de Percy Shelley está escrito en latín:

Cor cordium.

el cual podría ser traducido así:

Corazón de corazones.

El epitafio de Truman Capote no podría ser menos crudo:

Truman Capote lamenta profundamente su desaparición física. En la eternidad todo es lo mismo.

El novelista italiano Leonardo Sciascia dejó escrita una línea inquietante:

Nos acordaremos de este planeta.

En la lápida de Dorothy Parker está uno de los epitafios más originales que haya leído:

Disculpen por el polvo.

El poeta chileno Vicente Huidobro tomaría un verso de su obra Altazor para dar voz a su sepultura:

Abrid esta tumba: al fondo se ve el mar.

También el poeta peruano César Vallejo tomaría un verso suyo para escribir su muerte:

Yo nací un día que Dios estaba enfermo.

Epitafios de políticos y gobernantes:

El revolucionario francés Robespierre dejó una última proclama bastante “política”, por así decirlo:

Caminante, no llores mi muerte: si yo viviese tú habrías muerto.

En la tumba del cardenal Richelieu se lee algo muy ingenioso:

Aquí yace Richelieu

el Gran Cardenal,

en su vida hizo el bien,

e hizo el mal.

El mal que hizo,

lo hizo bien,

y el bien que hizo,

lo hizo mal.

Por su parte, la condesa de Verrue dejó unas palabras bastante sinceras:

Aquí yace en profunda paz cierta dama voluptuosa que, para mayor seguridad, hizo de este mundo su paraíso.

En la tumba de Evita Perón se lee una breve línea sorprendente:

Volveré y seré millones.

Mientras que en la antigüedad egipcia, Tutankamón hizo escribir para la eternidad:

¡Oh madre Nut, extiende sobre mí tus alas eternas!

Epitafios de generales y emperadores:

Uno de los epitafios más famosos es el de la supuesta tumba de Alejandro Magno, el cual dice en latín:

Sufficit huic tumulus,

Cui non sufficerat orbis.

Que podríamos traducir como:

Baste esta tumba, para el que

No bastaba el orbe.

Escipión, “el Africano”, general romano muerto en 184 a. C., dejó dicho con rabia:

Ingrata patria mía, no guardarás mis restos.

José II de Austria, emperador germano, hizo escribir, con decepción:

Aquí yace José II, que fue desgraciado en todas sus empresas.

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Epitafios de filósofos:

He aquí el famoso epitafio de Maquiavelo:

Nicolás Maquiavelo. Ningún elogio supera tu muerte.

Timón, el famoso misántropo griego, dejó inmortalizado su odio hacia la humanidad:

Maldíceme, caminante, y vete, antes que la maldición te alcance.

El epitafio de Ralph Waldo Emerson es hermoso:

El maestro pasivo dio su mano

A la vasta alma que él dispuso.

El epitafio del célebre Karl Max no podía dejar de ser un manifiesto:

Trabajadores de todos los países, uníos. Hasta ahora los filósofos sólo han interpretado de varias maneras el mundo. El punto es cambiarlo.

En tanto que el de Miguel de Unamuno ya parece un lugar común:

Solo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo.

Epitafios graciosos y curiosos:

Augusto Monterroso se encargó de escribir un epitafio que adorna la tumba de un cementerio de Monte Parnaso:

Escribió un drama: dijeron que se creía Shakespeare;

Escribió una novela: dijeron que se creía Proust;

Escribió un cuento: dijeron que se creía Chéjov;

Escribió una carta: dijeron que se creía Lord Chesterfield;

Escribió un diario: dijeron que se creía Pavese;

Escribió una despedida: dijeron que se creía Cervantes;

Dejó de escribir: dijeron que se creía Rimbaud;

Escribió un epitafio: dijeron que se creía difunto.

En un cementerio de Georgia se dice:

Te dije que estaba enfermo.

En un cementerio de Londres:

Aquí yace un honesto abogado, lo que es extraño.

En la tumba del actor cómico Groucho Marx se lee un epitafio gracioso, considerando que el actor era reconocido por su gran amabilidad y cortesía:

Perdóneme por no levantarme.

En un panteón mexicano está uno de mis favoritos:

Aquí yaces,

y haces bien,

tú descansas,

y yo también.

En un panteón de la Ciudad de México:

En recuerdo de mi querida nieta que falleció a los 88 años. Su inconsolable abuelito llora su desesperación.

El siguiente epitafio estaba pensado para adornar la tumba del actor Clark Gable, cosa que finalmente no sucedió:

De vuelta a las películas mudas.

Algo similar sucede con este epitafio pensado para la sepultura del actor William Heines:

Aquí yace un peso que quiero quitarme de encima.

En tanto que el dramaturgo G. B. Shaw pensaba dejar escrito:

Sabía que si permanecía el tiempo necesario, algo parecido a esto me ocurriría.

Mención: no supe en qué categoría situarlo, pero no podía dejar de mencionar este famoso epitafio:

A Castilla y León, nuevo mundo dio Colón.

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